Autoeditores

Sergi Girona

Sergi Girona

Nació en Barcelona, en 1975. Estudió Farmacia y Laboratorio, pero su verdadera pasión son las letras. En una edad muy temprana descubre que ellas solas pueden convertir a un hombre en cucaracha, o que una mujer puede tener verdes los ojos y violeta la voz. Allí empieza una fiebre que le acompañará hasta hoy, plasmar sus propias ideas en papel. El primer síntoma fue su primer libro, “El hombre que habla y habla”. El siguiente episodio de sus fiebres recidivantes es este libro que tiene ahora en sus manos. Un texto que, como éste, aspira a no dejar a nadie indiferente y, a que tú, lector, te sientas identificado en algún punto de su recorrido. Ya el autor, en los delirios de su última fiebre, avisó, “toda obra es autobiográfica” y cayó en las garras de un sueño profundo. Pero la cosa no acaba aquí. Fruto de sus fiebres periódicas, un nuevo texto amenaza en el horizonte. Ecce Homo.

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Estos cuentos son el testimonio del fin de un ciclo vital. Un esfuerzo necesario para no sucumbir a los sinsabores de una cárcel circular, la oportunidad de fundar una salida duradera a la nueva década que se me aproxima, sin prisa pero sin pausa, y poder, en el mejor de los casos, enfrentar mis propias expectativas. Ínfulas de aspirante que me han producido muchos disgustos y algunas alegrías que justifican el camino recorrido. Una de ellas es este libro y los otros dos que ya nacieron. Ahora ya es un secreto a voces. Cuando sea mayor quiero ser escritor.

Estos cuentos versan sobre un hombre que enfrenta a sus fantasmas en los diversos ámbitos de su vida. No tenemos otro plano para llegar a ellos, otra descripción, fuera de enfrentarlos sin que nunca se hagan presentes en otro lugar que en su cabeza. El protagonista ha dicho basta. Vive embarazado de ellos y decide desembarazarse de una vez y para siempre. Los invoca por qué no los crea, tan sólo les da forma, su forma, porque son parte de él. El sujeto se encuentra en un punto sin retorno, así lo ha decido. Podría seguir su vida en la nostalgia de su semi esclavitud, en la comodidad de esa vida cómoda que es deshojar el calendario, pero ya no le es posible. Aceptarlo supone, quizás, la mutilación de una parte de su alma. No le importa. Ya no puede seguir encerrado. Todos los cuentos tienen en común el encuentro del protagonista con un abismo al que no había decidido enfrentarse, pero que tiene que transformar para no verse devorado. Quiere pasar de antagonista a protagonista, necesita hacerlo como sea. Cualquier solución es mejor que seguir de brazos cruzados.

El antagonista-protagonista no tiene ninguna prueba tangible que justifique su nueva actitud respecto al mundo. Todo sucede dentro de su cabeza, sin que tenga que desplazarse, mientras se queda solo ante su circunstancia. Esta lucha le excluye de su comodidad de muerto mental y le aboca a la soledad más absoluta, la de su libertad, su melancolía y la incertidumbre de su nuevo destino. Los demás le dejarán en el mismo lugar de siempre y, si lo desean, le recogerán en el mismo sitio, sin sospechar nada. Pero quien le conocía bien ya no podrá rescatar a ese que era entonces, antes de llegar a ser el de ahora. La diferencia obligará a generar un nuevo espacio de relación no conocido con el que, hasta ese momento, fue su mundo. Un camino sin retorno ¿Y qué hacer ahora con su libertad?

Este prólogo se enreda dentro de mi cabeza. Me recuerda al Maestro Unamuno en los prólogos y post-prólogos de Niebla, cuando se enzarza en el eterno conflicto con Víctor Gori, que no es otro que él mismo Unamuno con sus dudas. O al juego de espejos de su Novela de Don Sandalio, jugador de ajedrez, para despersonalizar un poco lo dicho, para no decirlo tan crudo y tan íntimo, y se me hace necesario no aplazar un poco más lo inaplazable. Ya basta, hay que ponerle fin, llegó el gran momento.

Como habréis podido comprender el antagonista soy yo, pero nadie está a salvo y nadie puede asegurarles que también, en algo, vayan a ser ustedes. Toda obra es autobiográfica. La literatura nunca no es ajena. Nos calienta el mismo Sol y respiramos el mismo aire ¿O qué se pensaban? Por eso, no aspiro al paraíso sino el descanso. Allá van. Espero que sepan encontrar algo de ustedes en ellos.

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